Bolivia se ha transformado en un complejo laboratorio. Lejos de responder a dinámicas convencionales, la coyuntura del país ha integrado la posverdad, la propaganda de agitación y la hegemonía cultural no solo como sus principales elementos sociopolíticos sino como los únicos.
Steve Tesich concibió la posverdad como ese estado donde la intuición o las emociones pesan más que los hechos. En la agenda política boliviana, las narrativas contrapuestas sobre el origen de la crisis sustituye siempre el debate técnico y científico. La verdad fáctica pierde frente al relato que mejor sintonice con el imaginario popular. La opinión pública habita en cámaras de eco retroalimentadas por las redes sociales y la desinformación deliberada de los opinólogos de turno, todos con algún interés personal en probar su causa.
El principio goebbeliano de “construir al enemigo único” opera como el gran motor de la polarización. La comunicación política ha recurrido a la simplificación binaria: “el populista” contra “el fascista”, o “el patriota” contra “el vendepatria”. La repetición constante de estas categorías a través de medios masivos, granjas de bots y plataformas digitales ha logrado erosionar los matices de una pluralidad sana. El discurso extremo ha reemplazado a la deliberación democrática.
Por si esto fuera poco, bajo el marco gramsciano, el poder ya no radica en las instituciones estatales, sino en la conquista del “sentido común”, el cual ha sido totalmente erosionado con fake news y sobre simplificaciones del debate. En Bolivia, la contienda política es ante todo una guerra cultural. Se disputan los símbolos nacionales, la “identidad nacional o plurinacional”, la representatividad, los valores éticos y “el verdadero rol de la historia”. La retórica ha transformado la agenda económica en una lucha ideológica sobre la supervivencia misma de uno u otro modelo social dejando totalmente de lado el bienestar de las personas en nuestra sociedad.
Nos hemos convertido en la “novela turca” de latinoamérica. Hemos transformado nuestra realidad en un remedo de sociedad nutrida por el entretenimiento morboso de vernos reflejados en esta puesta en escena, que es lo que seguramente Tesich, Goebbels y Gramsci hubieran escrito juntos como la novela perfecta; y que represente la vida entre posverdades, sobre-simplificaciones y enemigos únicos.

