Si es Boliviano, Dudamos. Si es de Afuera, Aplaudimos
Si algo está bien hecho, ¿por qué necesitamos imaginar que lo hizo alguien más para sentirnos orgullosos?

Si es Boliviano, Dudamos. Si es de Afuera, Aplaudimos

Se escucha muy seguido que en Bolivia todo está mal, que en Brasil todo es mejor, que en Europa todo funciona. Y que en Singapur, según nuestros intelectuales de WhatsApp, hasta los semáforos tienen doctorado y todas las semillas son habichuelas mágicas.

Vamos con un ejemplo facilito para entender donde estamos parados:

Un productor audiovisual boliviano creó un video buenísimo. Su fotografía era espectacular, la iluminación impecable, los planos estaban muy bien pensados, la edición era tremenda, el sonido limpio, la postproducción no podía estar mejor… aparte, una narrativa que enganchaba y una calidad visual que no tenía nada que envidiarle a una producción internacional. Un trabajo muy, muy bien hecho.

Luego de que algunas personas pudieran verlo, entre los comentarios se escucha un veredicto lapidario: ¡QUÉ COSA BUENA, CHE!… ¡PARECE HECHO AJUERA!

Ufff… ¿Y eso qué significa? ¿Que para reconocer el talento boliviano primero tenemos que imaginar que lo produjo un gringo, un brasileño o algún europeo con lentes de montura gruesa, una bufanda y una boina para verse más intelectual y una oficina minimalista donde trabajan 50 especialistas en cosas buenas hechas afuera?

Lo más curioso es que, si revelamos que el video fue producido dentro de nuestras fronteras, por profesionales bolivianos, con los equipos disponibles en el mercado y bajo las mismas limitaciones que enfrenta cualquier productor local, la calidad no cambia ni un poquito. Los planos siguen siendo buenos, la edición sigue funcionando y la creatividad sigue ahí. Lo único que cambia es el pasaporte imaginario que le han puesto al producto, porque la producción como tal no mejoró cuando creímos que venía de afuera. Lo que mejoró fue nuestra percepción sobre ella.

Y ahí está el rollo… A veces no vemos con claridad lo que tenemos delante; por el contrario, evaluamos de dónde creemos que viene. Si está HECHO AJUERA, asumimos que tiene más calidad. Si lleva el sello Made in Bolivia, buscamos el defecto, regateamos el precio o preguntamos si no hay algo mejor.

No todo lo extranjero es bueno ni todo lo boliviano merece aplausos por el simple hecho de ser nuestro. El talento debe demostrar su calidad y los productos también. Pero una cosa es exigir calidad y otra muy distinta es exigirle un pasaporte a las cosas para poder reconocerlas como buenas.

Porque aquí sí podemos hacer buenos videos, podemos diseñar buenas marcas, desarrollar tecnología, producir música, crear empresas y ofrecer servicios profesionales de primer nivel. No siempre con los recursos ideales y muchas veces tampoco con el respaldo necesario, pero podemos hacerlo. Y cuando alguien demuestra que se puede, en lugar de alegrarnos y preguntarnos cómo se podría multiplicar ese talento o esa calidad, simplemente nos limitamos a decir que parece hecho afuera.

Si algo está bien hecho, ¿por qué necesitamos imaginar que lo hizo alguien más para sentirnos orgullosos?

Ese ¨parece hecho afuera¨, aparentemente inofensivo, nos muestra algo mucho más profundo que una simple preferencia estética… Desde hace mucho nos hemos convencido de asociar lo extranjero con buena calidad y lo nacional con una especie de segunda categoría. Es un complejo que termina afectándonos en lo que consumimos, en cuánto estamos dispuestos a pagar, también nos direcciona a ver qué profesionales contratamos y qué proyectos creemos capaces de construir. Complejo total y total falta de confianza en nuestras capacidades.

Y ojo, que esto tiene historia, y para entender el origen de nuestro complejo de no ser los suficientemente buenos o capaces, habría que remontarse al 20 de enero de 1949, momento en el que en gringolandia, Harry Truman asumió la presidencia y anunció un programa para llevar los avances científicos y tecnológicos estadounidenses a las llamadas regiones subdesarrolladas. No inventó la palabra Subdesarrollo, pero ayudó a instalar una manera de dividir el mundo entre los que supuestamente ya sabían cómo hacer las cosas y los que todavía tenían que aprender. Ellos tenían el modelo y la fórmula exitosa mientras que nosotros, los subdesarrollados, teníamos mucha tarea y nos faltaba un montón por aprender..Y así se agrandó el complejo…mientras unos se autodenominan maestros, otros encontramos la comodidad en auto percibirnos como los alumnos eternos.

El asunto es que ese famoso desarrollo empezó a parecerse a una carrera en la que alguien más había puesto la meta, había elegido la ruta y había escrito las reglas. Si los países industrializados hacían las cosas de una manera, esa era la manera de hacerlo. Si no avanzabas igual, estabas mal. Y si no conseguías triunfar, seguramente necesitabas más asesores, más expertos y otra misión internacional que te explicara cómo se hacen las cosas… Qué conveniente es para algunos, poder ser siempre el ejemplo, y otros, los que necesitamos que nos expliquen como hacer las cosas bien… Esta visión exclusiva y totalitaria del desarrollo nos muestra de manera muy clara cómo una experiencia histórica particular se puede convertir en una especie de camino universal que todos debemos recorrer sin protestar, ¡que capos son los de afuera!

No se trata de negar que existan diferencias reales entre países ni de fingir que Bolivia ya resolvió sus problemas. Se trata de entender cómo una comparación económica puede terminar convertida en una jerarquía mental. Porque una cosa es mirar afuera para aprender y otra es mirar afuera para que alguien nos diga cuánto valemos o que es lo que hay que hacer, o peor aún, copiar. En algún momento hemos dejado de preguntarnos qué podemos aprender de otros y pasamos a preguntarnos por qué no somos como ellos… ahí cambia mucho la cosa: ya no estamos buscando mejorar, estamos buscando aprobación. Estamos buscando dejar de ser y empezar a parecer.

Pero eso sí, y de manera obligatoria, después nos quejamos de que las empresas bolivianas no crecen, de que nuestros talentos se van y de que es casi imposible posicionar marcas nacionales. ¿Cómo van a surgir y crecer si nosotros mismos les ponemos la traba antes de que despeguen?

Miremos a Brasil. Admiramos sus producciones audiovisuales, sus empresas, su industria y su capacidad para proyectarse al mundo… hasta su caipirinha y su feijoada… Y hay razones para hacerlo: cuenta con un mercado interno gigantesco y capacidades productivas que Bolivia todavía necesita desarrollar. Pero Brasil no nació con una cámara profesional debajo del brazo ni con una fábrica instalada en cada esquina. Construyó mercados, experiencia, infraestructura y condiciones para que sus talentos pudieran crecer.

La lección no es que el brasileño tenga algo que el boliviano no. La lección es que el talento necesita un entorno que le permita convertirse en industria, y que el reconocimiento de su propia calidad también ayude a construir ese entorno prospero.

Bolivia necesita más inversión, formación, tecnología, financiamiento y mercados. Necesita reglas claras y políticas que permitan que las buenas ideas no se queden en un video viral o en un emprendimiento que sobrevive a puro pulmón. Pero también necesita dejar de mirar su propia producción como si tuviera que pedir disculpas por haber nacido aquí.

Porque admirar lo que hacen afuera puede abrirnos los ojos. Pero creer que solo lo de afuera se puede hacer bien nos los mantiene cerrados y en un letargo del cual es cada vez más difícil espabilarse.

Y quizás aquí está una de nuestras mayores contradicciones como individuos y sociedad: terminamos utilizando a otros países como un espejo invertido para mirarnos a nosotros mismos. Si ellos lo hacen, es por que saben; si nosotros lo hacemos, empezamos a buscar qué está mal. Si un extranjero abre una empresa, automáticamente agradecemos y vemos visión de negocios y desarrollo; si lo hace un boliviano, preguntamos cuánto le durará. Si una marca internacional cobra caro, pensamos que es porque debe ser buena; si una marca nacional hace lo mismo, enseguida aparece la sospecha de siempre: ¿y estos alzados quiénes se creen que son?

No es que tengamos que aplaudir cualquier cosa hecha en Bolivia. Tampoco se trata de convertir la bandera en un certificado de calidad, porque eso sería cambiar un prejuicio por otro. Se trata de dejar de confundir nuestras dificultades con una supuesta incapacidad para hacer las cosas bien. Nos faltan recursos, oportunidades, infraestructura y muchas otras cosas, sí. Pero de ahí a concluir que necesitamos que alguien de afuera venga a enseñarnos todo,hay un trecho bastante largo. Y, por lo visto, a algunos les encanta recorrerlo.

¡Hagamos algo constructivo! La próxima vez que veamos una producción audiovisual boliviana extraordinaria, elogiemos la fotografía, la edición, la creatividad y el trabajo. Y si queremos compararla con una producción internacional, hagámoslo con criterio y no con complejo… No digamos que parece hecha afuera como si ese fuera el mayor cumplido posible. Digamos que está bien hecha. Que es profesional. Que tiene calidad. Y que la hicieron aquí.Porque el día que dejemos de confundir calidad con nacionalidad, quizá empecemos a construir algo más que buenos videos: empecemos a creer que también podemos hacer las cosas bien, con razones y no solo con discursos patrioteros, repetitivos y gastados.

Consejo personal (gratuito). A todos aquellos que tienen soluciones milagrosas importadas, que viven comparando Bolivia con cualquier otro país y que creen que todo lo bueno está afuera y todo lo malo está aquí, aquí les va: váyanse. En serio, váyanse a ese país que tanto admiran, a ese lugar donde, según ustedes, todo funciona, todos saben hacer las cosas y nadie se equivoca. Disfruten de sus maravillas y dejen aquí a quienes todavía creemos que Bolivia tiene talento, capacidad y gente suficiente para salir adelante… Ya está bueno de vivir despreciando lo nuestro mientras esperamos que alguien de afuera venga a resolvernos la vida. Si están tan convencidos de que aquí no se puede hacer nada, no tienen por qué quedarse a estorbar a quienes sí quieren intentarlo sin hipotecar su futuro o su territorio.

Bolivia no necesita más profetas locales del éxito de afuera, tampoco turistas intelectuales que regresan de cualquier país convencidos de que descubrieron la fórmula del éxito y del desarrollo. Necesita gente que deje de mirar por encima del hombro a su propia gente y se ponga a construir.

Y a todos los de Afuera, bienvenidos a participar y sumar experiencias Made in Bolivia.