¿Será posible que la competencia por la inteligencia artificial termine por redefinir la soberanía de los Estados, estableciendo nuevas fronteras de poder que no aparecen en los mapas? Esta pregunta es la que está preocupando cada día más a gobiernos, gigantes tecnológicos y, en general, al orden mundial. En el siguiente artículo trataremos de desentrañar qué hay más allá de la competencia por desarrollar los mejores los agentes IA, los chips más avanzados y mantener en funcionamiento colosales centros de datos.
Comencemos por lo más importante en la geopolítica: el territorio.
Hace poco más de dos décadas, cuando plataformas como Second Life prometían transformar las relaciones humanas mediante mundos virtuales 3D, comenzó a tomar forma una idea fascinante: el territorio ya no tenía por qué limitarse a la geografía física y las fronteras políticas. Las personas podían reunirse, trabajar, comerciar y construir identidades en espacios digitales que trascendían las fronteras nacionales. En ese entonces, parecía que asistíamos al nacimiento de una nueva geografía de la interacción humana. Aunque no triunfaron los mundos inmersivos más que como entretenimiento, la pandemia nos obligó a, realmente y por primera vez, ocupar ese territorio digital para trabajar, reunirnos, aprender y crear. La humanidad comenzaba a habitar un territorio extendido, un lugar de encuentro sin fronteras ni distancias.
Y aunque este “traslado” fue momentáneo, nos dejó una pregunta: ¿puede existir un territorio donde se ejerza poder sin necesidad de ocupar físicamente un espacio? La inteligencia artificial está convirtiendo esa pregunta en un problema geopolítico.
Ya no hablamos solamente de mundos virtuales donde los seres humanos interactúan, sino de infraestructuras digitales capaces de participar en la producción de conocimiento, la administración económica, la investigación científica y los procesos de decisión. Estamos ante lo que podríamos denominar geopolítica del territorio extendido: una dimensión de las relaciones de poder que se proyecta más allá de las fronteras físicas mediante el control de infraestructuras digitales, datos y sistemas de inteligencia artificial con capacidades cognitivas.
Este nuevo territorio no colapsa ni remplaza el territorio tradicional, simplemente se superpone a él, creando dependencias y relaciones de poder que no necesariamente coinciden con las fronteras políticas.
Tradicionalmente el poder geopolítico estuvo vinculado al control del territorio, las rutas comerciales, los recursos naturales y las capacidades industriales. La inteligencia artificial no elimina esas dimensiones: las reorganiza y añade una nueva, el control de los sistemas que permiten procesar información, generar conocimiento y tomar decisiones a gran escala.
Pero lograr esta conquista no es fácil, no basta con un buen modelo de lenguaje, implica controlar semiconductores, centros de datos, redes de comunicaciones y contar con ingentes cantidades de recursos energéticos, plataformas digitales colosales y estándares tecnológicos.
El debate tecnológico exige distinguir dos conceptos fundamentales: la inteligencia artificial general (AGI), referida a sistemas capaces de realizar con competencia una amplia variedad de tareas intelectuales sin restringirse a una especialidad, y la singularidad tecnológica, un escenario hipotético de acelerada transformación impulsada por sistemas superiores a las capacidades humanas, el cual no constituye una consecuencia inevitable ni automática de alcanzar la AGI.
A pesar de que los sistemas actuales ya pueden procesar enormes cantidades de información y superar el rendimiento humano en determinadas tareas, la cuestión geopolítica es que nuevas dependencias podrían consolidarse mucho antes de alcanzar la AGI o una eventual singularidad.
En julio de 2025, Estados Unidos presentó America’s AI Action Plan y la orden ejecutiva Promoting the Export of the American AI Technology Stack para extender internacionalmente la adopción de su ecosistema tecnológico completo (hardware, nube, modelos y estándares). Paralelamente, China lanzó su Global AI Governance Action Plan en torno a seis principios —como respetar la soberanía, promover el desarrollo y fomentar la cooperación abierta— para impulsar una gobernanza multilateral guiada por Naciones Unidas.
Los dos documentos difieren en discurso e instrumentos, pero comparten estructura: ambos declaran principios y ambos disponen de herramientas para proyectarlos. Washington combina su liderazgo declarado con paquetes comerciales y financiamiento; Beijing acompaña sus principios con propuestas concretas de laboratorios conjuntos, infraestructura y formación de capacidades. Pero ambos ofrecen algo a los demás países del mundo: el acceso a capacidades que difícilmente podrían construir por sí solos, a cambio de integrarse en un ecosistema con sus propios estándares, componentes y, sobre todo, reglas de origen.
La Unión Europea, por su parte, incorpora otra dimensión mediante su capacidad regulatoria estableciendo condiciones para desarrollar y utilizar determinados sistemas dentro de su mercado. No solo estamos observando una única forma de expansión tecnológica, sino distintas maneras de extender influencia económica, normativa e institucional.
¿Qué pasará entonces con la soberanía? Imaginemos un Estado que conserva plenamente su territorio, sus instituciones, su legislación y su representación internacional, pero cuyos servicios financieros, sistemas educativos, instituciones sanitarias y organismos públicos dependen progresivamente de infraestructuras de inteligencia artificial desarrolladas y administradas en el extranjero y aunque legalmente sea soberano ¿hasta qué punto conserva autonomía efectiva sobre sus decisiones?
La dependencia tecnológica se convierte en un problema de soberanía cuando es estructural y elimina las alternativas viables. Sin recursos para ejercer su autonomía, un país puede ser formalmente libre pero depender de actores externos que controlan las infraestructuras, datos y decisiones clave.
En este escenario, las nuevas fronteras no necesariamente separarían países; podrían atravesar sus instituciones, empresas y sociedades. El territorio extendido estaría definido por quién controla las infraestructuras, quién establece las condiciones de acceso y quién conserva la capacidad de interrumpir, modificar o sustituir los servicios.
En este contexto, ya hay quienes hablan de un “tecnofeudalismo cognitivo”. El economista Yanis Varoufakis ha popularizado el concepto de tecnofeudalismo para describir una transformación del poder económico en la que grandes plataformas digitales controlan espacios de intercambio y obtienen rentas de quienes dependen de ellas. Aunque esta interpretación está en debate, al menos ofrece un punto para examinar las relaciones de dependencia que podrían desarrollarse alrededor de la inteligencia artificial.
Por lo tanto, la característica principal de este fenómeno no sería la mera concentración de propiedad tecnológica, sino la existencia de relaciones persistentes de dependencia intelectual y operativa.
Sin embargo, sería prematuro afirmar que estamos ingresando inevitablemente en un nuevo orden feudal. Por ahora, el tecnofeudalismo es uno de los escenarios posibles de la geopolítica del territorio extendido.
Y aunque hablamos de territorios digitales, la inteligencia artificial, por ahora, depende de infraestructuras profundamente materiales. La Agencia Internacional de la Energía estima que el consumo eléctrico mundial del conjunto de los centros de datos podría pasar de aproximadamente 485 teravatios-hora en 2025 a 950 en 2030, y la inteligencia artificial es uno de los principales impulsores de ese crecimiento. La nueva geografía digital no flota por encima del mundo físico; está anclada en él.
¿Gobernanza global o nuevas fronteras tecnológicas?
La transformación geopolítica impulsada por la IA está en marcha. La concentración de infraestructura, las estrategias nacionales y los primeros mecanismos de gobernanza avanzan en paralelo. En agosto de 2025, la ONU creó un Panel Científico Internacional Independiente sobre IA y un Diálogo Global sobre su Gobernanza para fomentar la cooperación internacional, aunque sin autoridad regulatoria universal.
Las tendencias actuales sugieren tres escenarios principales para el futuro de la IA global:
- Gobernanza global cooperativa. Alineada con el enfoque multilateral de China y los esfuerzos de la ONU, plantea estándares comunes e infraestructura compartida (laboratorios, centros de datos y financiamiento). Aunque busca reducir asimetrías y tratar la IA como un bien de desarrollo, corre el riesgo de generar dependencias de los países impulsores si los participantes no desarrollan capacidades locales reales.
- Fragmentación tecnofeudal por alianzas corporativas. Similar a los mecanismos de expansión de Estados Unidos, un número reducido de actores públicos y privados controlaría las infraestructuras clave. El acceso a modelos, chips y nube dependería de pactos comerciales y alineamientos estratégicos. Evitar la subordinación en este modelo exige que los países mantengan autonomía para auditar, negociar o cambiar de proveedor.
- Orden híbrido y asimétrico. La cooperación, la soberanía estatal y el control corporativo coexistirían de forma desigual, diferenciando a las naciones capaces de innovar de aquellas dependientes de tecnología externa.
En este último escenario, la automatización avanzada plantea dos visiones económicas opuestas:
Por un lado, la visión de la abundancia: en enero de 2026 (Davos), Elon Musk argumentó que la IA y la robótica podrían generar un crecimiento sin precedentes, elevando el nivel de vida general e impulsando la necesidad de un ingreso universal ante la reducción del trabajo humano.
Por otro lado, la realidad de la reestructuración: en octubre de 2026, Microsoft ofreció salidas voluntarias a 60.000 empleados (hasta un 27 % de su plantilla) en plena reorganización por inversiones en IA. Aunque no implica reemplazos directos por automatización, refleja los profundos ajustes laborales de esta transición.
Generar abundancia no garantiza una distribución equitativa del poder: la riqueza puede distribuirse ampliamente mientras el control de la tecnología permanece concentrado. Consumir bienes automatizados no equivale a decidir sobre su funcionamiento o continuidad.
El desafío central radica en quién mantendrá poder de negociación ante un capital automatizado predominante. Por ello, más que la llegada de la AGI o la singularidad, la urgencia geopolítica reside en quién controlará las infraestructuras cognitivas del futuro.
Así, los límites del mañana no solo separarán países, sino capacidades. A diferencia de plataformas opcionales como Second Life, la integración de la IA en servicios esenciales podría hacer cada vez más difícil prescindir de ella. En este escenario, la gran pregunta es qué significará la soberanía cuando la capacidad de pensar y decidir depende de infraestructuras contratadas.

