Croissants y Salteñas con Nuevo Sabor a Crisis

Croissants y Salteñas con Nuevo Sabor a Crisis

Cambia el idioma, cambia el paisaje, pero cuando la política se convierte en un quilombo, la factura siempre termina llegando a la gente.

Un francés en Francia y un boliviano en Bolivia, probablemente no tendrían mucho de qué hablar.Hasta que aparece el tema político… Entonces, de repente, se darían cuenta que se entienden bastante bien y tienen mucho en común.

El francés está harto de un Gobierno que no consigue acuerdos, de las peleas entre políticos, de las protestas y de escuchar que hay que apretarse el cinturón porque las cuentas no dan. El boliviano está preocupado por el combustible, los precios, los dólares, los bloqueos y un Gobierno que necesita hacer cambios sin terminar causando un estallido social. El francés vive en una de las economías más desarrolladas del mundo; el boliviano, en un país que atraviesa una crisis económica mucho más dura. Pero ambos conocen esa sensación de que los políticos están demasiado ocupados peleándose entre sí mientras la vida del ciudadano se vuelve cada vez más dura y difícil.

La crisis no tiene idiomas. Tiene víctimas, responsables y tiene muchísimas excusas.

Francia tiene un problema con su capacidad para gobernar. Emmanuel Macron puede seguir siendo presidente, pero eso no significa que pueda conseguir los votos, los acuerdos y el respaldo social que necesita para hacer avanzar sus decisiones. Bolivia conoce otra versión del mismo problema: Rodrigo Paz llegó al poder con la promesa de cambiar el rumbo económico, pero heredó una situación que no se arregla cambiando de presidente. Hay menos margen de maniobra, problemas económicos urgentes y sectores sociales dispuestos a salir a la calle cuando sienten que sus intereses están amenazados.

En París, una reforma puede terminar en protestas y enfrentamientos. En Bolivia, una medida económica puede terminar en bloqueos, presión de sectores y el abastecimiento comprometido.

Los escenarios son distintos, pero el mecanismo se parece: el Gobierno anuncia, la sociedad reacciona, los políticos negocian y todos intentan evitar que el conflicto se les vaya de las manos. Después llega el acuerdo, cada parte proclama su victoria y, con suerte, el país recupera cierta tranquilidad. Hasta que aparece el siguiente problema.

Y aquí empieza el verdadero alboroto… Porque levantar un bloqueo no es resolver el problema que lo provocó. Conseguir votos en el Parlamento no significa haber construido una mayoría estable. Anunciar un ajuste económico no garantiza que la economía vaya a mejorar. A veces, los gobiernos pasan tanto tiempo apagando incendios que terminan olvidándose de revisar por qué se incendia todo tan seguido.

Francia tiene que hacer cuadrar sus cuentas y evitar un mayor malestar social. Bolivia necesita estabilizar una economía mucho más frágil, recuperar la confianza y tomar decisiones que si o sí tienen costos inmediatos para la población. Ninguno puede satisfacer todas las demandas, y ambos corren el riesgo de perder apoyo cuando intentan resolver los problemas.

La diferencia es que Francia dispone de recursos económicos muy superiores. Bolivia tiene menos margen para equivocarse y mucho menos dinero para comprar tiempo.

Pero hay algo que los dos países deberían entender y es que un Gobierno no puede vivir eternamente negociando la próxima emergencia.

Cuando todo es urgente, lo importante siempre queda para después. La reforma estructural espera por el próximo acuerdo. La planificación espera a que termine el bloqueo. La solución económica espera a que se calme la calle. Y así pasan los meses, mientras los ciudadanos siguen pagando las consecuencias.

La salida tampoco consiste en encontrar un presidente más bravo que grite más fuerte, ponga orden y prometa arreglarlo todo. Francia y Bolivia tienen suficientes ejemplos para saber que la autoridad, por sí sola, no arregla una economía ni elimina los conflictos sociales. Hace falta negociar antes de que todo explote, explicar las decisiones sin vender milagros, distribuir los costos con justicia y cumplir los acuerdos. Sobre todo, hace falta medir a los gobiernos por los problemas que resuelven, no por las crisis de las que consiguen salir vivos.

Porque tanto en Bolivia como en Francia hay políticos que se benefician del desorden. El dirigente que bloquea consigue una reunión; el Gobierno que levanta el bloqueo anuncia una victoria; el opositor utiliza el conflicto para atacar al gobierno. Todos tienen algo que contar. Y mientras tanto,el ciudadano de a pié tiene que ver cómo llega a fin de mes. Y esa es la parte más jodida: el sistema puede seguir funcionando para quienes viven de la política mientras deja de funcionar para quienes necesitan que funcione.

Francia y Bolivia no son lo mismo. Compararlas como si lo fueran sería una tontería. Pero sus conflictos nos permiten reconocer elementos en común… cuando la supervivencia política se convierte en la principal tarea de un Gobierno, el futuro de la patria, y el de sus ciudadanos queda relegado a un segundo plano.

La política no debería consistir en conseguir que el país llegue vivo al próximo lunes. Debería conseguir que el próximo lunes sea un poco menos difícil que el anterior.

Y si un Gobierno necesita pasarse todo el mandato explicando por qué todavía no pudo resolver los problemas, quizá ha llegado el momento de dejar de aplaudir su capacidad para administrar las crisis y empezar a exigirle resultados.

Porque el francés está jodido en francés y el boliviano en español, pero cuando ambos sienten que trabajan, pagan y esperan mientras sus gobiernos siguen atrapados en el mismo alboroto, la traducción es innecesaria porque a la crisis no le importa el idioma, o la torre Eiffel, el cristo, la virgencita o cualquier icono histórico…

No importa el idioma, la cultura o el país…. Cuando la política no resuelve, la gente termina pagando la cuenta.